VIVA CHILE, VIVA LA SANGRE
A mí no me pueden venir con cuentos: crecí en el campo, en el sur, en una zona agrícola, huasa. Y tengo claro lo que pasa en un rodeo.
Yo sí he visto a los novillos parados al sol todo el día, sin agua ni comida, esperando salir a la media luna. Sí los he visto aterrados, agotados, hechos bolsa… Así que no me vengan con cuentos, sres., que yo hablo desde el alma y con fundamentos.
Me ha tocado ver novillos exhaustos, botados, incapaces de ponerse de pie, siendo tirados desde las fosas nasales por los huasos para que se paren y sigan corriendo. He visto cómo les aplican corriente. He sentido el terror, el pánico de los novillos. Porque quienes crecimos conectados a la naturaleza, quienes tuvimos de hermanos y amigos a los animales del campo, sabemos que los bovinos son los seres más sensibles y asustadizos. En una lechería debe haber silencio, no pueden haber gritos ni malos tratos. Yo misma vi a mi padre enseñar a sus lecheros a tratar con calma a las vacas, porque de lo contrario dan poca leche, se estresan, se asustan.
Vivir en el campo, ser huaso(a), no tiene por qué ser sinónimo de brutalidad. El ser huaso va mucho más allá de montar un caballo y acorralar un novillo. Ser de campo, ser huaso, es vivir en la naturaleza, trabajar en la tierra e interactuar con animales. Y eso debería significar sincronía con la madre tierra, unión, respeto e infinito amor por todo lo que ella nos brinda. Pero al parecer eso se perdió o nunca estuvo… O tal vez fue una característica de sólo algunos hombres denominados “huasos”, como mi padre. Mi padre fue un hombre que siempre trabajó con la tierra, ya sea con siembras, silos u ordeña de vacas. Era un empresario agrícola que se embarraba las manos junto a sus trabajadores, que trabajaba de lunes a lunes, y se levantaba mucho antes de que saliera el sol. Pero a él nunca lo vi “usar” los animales como si fueran objetos, insensibles e inanimados. De mi padre aprendí a sorprenderme cada mañana con la belleza de la vida, a sentir cada hálito del bosque, a marearme con el susurro de los pájaros, y por las noches, a dormirme con el croar de las ranas. Y era él el que más sufría cuando la ignorancia e inconciencia humana le provocaba dolor a algún animal. Era un huaso que nunca disfrutó del rodeo, ni del chancho encebado. Tal vez nunca fue un huaso… no de esos “huasos”…
Las tradiciones de un país no pueden ir por la vida como si nada, como si no pasaran los años, como si no hubiese evolución. Como si nuestra historia fuera en vano y no hubiésemos aprendido nada de todo lo que hemos vivido. Un país en su mayoría agrícola no puede jactarse de tener tradiciones que van justamente en contra de la tierra, no puede defender lo indefendible. Alguien que le provoca un daño innecesario a un animal no puede denominarse hombre de campo, por que, lo que aprendí, lo que yo viví con un verdadero hombre de campo, es la sincronía con los seres vivos, es el profundo respeto por aquel ser que te da su carne, su leche, su piel.. su pura y magnífica presencia.
Quiero fiestas patrias que contengan tradiciones que vayan a la par con un nuevo estado de conciencia, con una nueva manera de vivir, con un nuevo siglo, una nueva era… tradiciones que nos acerquen más a lo que somos, a nuestra esencia, a nuestros hermanos, a toda la creación, y la única manera es volviendo a nuestra madre tierra, enalteciéndola, respetando la vida, conectándonos al gran pulso vital. Nuestras tradiciones deberían potenciar justamente eso: la conexión con la naturaleza. Deberían poder transmitir todo lo maravilloso que es el trabajar la tierra, el conocer sus ciclos, sus aromas, el comprender sus sonidos, y lo mágico que es descubrir la vida de otro ser vivo unida a tu propio palpitar.


