Por Nicolas Lorenzini, desde Berlin.
Por estas en europa (alemania específicamente) tengo la posibilidad de ingeniármelas para viajar a algunas latitudes del viejo continente y conocer algo más de la escena electrónica. Viaje hace unas semanas a Londres y mientras salíamos con alguno amigos a dar un recorrido por esta interesante ciudad, nos aventuramos a conocer Fabric.
Uno de los chicos que iba conmigo esa noche me dijo que estábamos a punto de entrar en el segundo mejor club del mundo. No sé bien de dónde sacó él esa información, probablemente de internet, donde abundan los rankings de todo tipo. Sin embargo yo ya sabía que el Fabric, en Londres es un famosísimo club. Más famoso que Tresor en Berlin, dado que el sello discográfico que manejado por el club inglés es mucho más productivo que el que posee Tresor o incluso Cocoon, en Alemania. En Inglaterra hay más dinero, más marketing, y pienso personalmente que los ingleses son muy buenos para popularizar las cosas, aunque ellos no las hayan inventado. Todos quienes más de una vez han escuchado las sesiones o los liveacts del sello Fabric, han sentido la curiosidad por conocer el club, y así me sentía yo también ese sábado.

Dado que yo iba metido en un grupo grande, y que habíamos llamado con días de anticipación al club, no tuve que hacer la cola en la que esperan quienes van ahí a bailar. Una fila que da la vuelta a la esquina del club, y otra vuelta más en la otra esquina. A diferencia de los clubes en Berlín, en Fabric entra todo aquel que paga la entrada. Los clubes Berlineses son severamente selectivos de su público: no entran más hombres que mujeres (pero sí más mujeres que hombres), y no puedes ir en grupo.
Al entrar a Fabric, debes seguir haciendo cola, ya no a la intemperie, sino después del primer control de seguridad. Ahí pagas tu entrada (que no es cara en absoluto), y empiezas a darte cuenta de cuanta gente está metida adentro. Gente circulando por escaleras iluminadas por luces azules, en una ex-fábrica totalmente remodelada para ser club. Excelente iluminación, los baños son como de un hotel de 5 estrellas (baños unisex), pesadas puertas de madera y „securitys“ cada 5 pasos. Cuando ya pagaste, te timbraron el dorso de la mano y te puedes mover libremente, accedes a un hall repleto de escaleras que se ven iguales entre sí. El sentido común te lleva primero a una barra. Un espacio obscuro y gigante en donde oyes música, pero no sabes de donde viene, hasta que te asomas y te das cuenta que estás en un balcón interior sobre la pista principal. Mucha gente baila ahí, con más espacio que en la pista, más cerca de la barra, y con la música a menor volumen. Por supuesto que el paso siguiente es intentar la odisea de bailar en medio de la pista principal, hay que ir un piso más abajo: vuelves al hall de las escaleras, e intentas entender el mapa tridimensional, construido con un curioso sistema de luces pegadas a la pared. Luego de maravillarte con la inventiva del mapa, hay que reconocer que no es en absoluto entendible, y esa es la idea.

Así que te metes en otra puerta más abajo. Y no, no es la pista principal. Es un tercer ambiente, más pequeño con pilares de ladrillo en medio de la pista de baile. Ahí ya no escuchas techno mainstream, minimal o electro, sino breakbeats, dubstep y hardtechno. El sonido es seco, claro y muy alto. Es imposible estar metido en ese club sin moverte al ritmo de los diferentes beats, pues si no te mueves voluntariamente, los parlantes lo harán por ti. La música de esta pista es siempre excelente y sorpresiva, la mezcla de los ritmos mantiene al público expectante, a la espera de que algo pase, aunque ya esté todo pasando, hasta que llega el quiebre, los cuatro bombos se rompen y te das cuenta de que el dj está jugando contigo y con toda la multitud, y que fue precisamente para eso que pagaste la entrada.
Después de un rato, cuya duración depende de cuanto te gusten estos estilos, prosigues la odisea en búsqueda de la pista principal. Te metes en otro salón, de donde puedes oír la música de la pista buscada. Este espacio tiene otra barra, muy grande, sillones y mesas… Es tiempo de tomarse algo -
Con el trago en la mano te das cuenta que estás en el mismo salón que alberga a la pista principal y que este espacio es gigante. Es difícil precisar cuantos metros cuadrados tiene ese lugar, dado que está dividido a la mitad por la cabina del dj y otra barra. Una vez ahí, debes internarte en el mar de gente para llegar a la pista principal, pero como te acabas de tomar un trago, otro objetivo aparece en horizonte: fumarse un cigarrillo. En Inglaterra, la ley de tabaco es más estricta que en Chile, y por tanto, en ningún lugar público se puede fumar. Y es imposible hacerla piola. Así que de vuelta a las escaleras en búsqueda de el lugar donde se puede fumar. Eso se encuentra fácilmente, es un patio interior del edificio, lleno de gente. Ahí recibes otro timbre en el dorso de la mano.
Fumado el cigarrillo, no hay tiempo que perder, ahora sí a la pista principal.
Escaleras, salones, mesas, sillas, baños. Finalmente ante la entrada de la pista. Una vez que la misma presión de la gente apretujada te lleva al centro, bailas como parte de la multitud, en saltitos rítmicos, como en el estadio. A tu espalda, la cabina del dj; frente a ti, el sistema de sonido principal, gigante y vibrante, rodeando un escenario en donde bandas en vivo tocan techno, electro y minimal. Más tarde saltan los djs a escena, en la cabina a tus espaldas. La gente se agrupa más bien mirando en dirección del sistema de sonido, por lo que el dj ya no es el punto de fuga visual. Además que esta cabina es gigante, los djs perfectamente pueden estar tocando dándote la espalda. Sobre esta cabina está la terraza a la cual se entra primero.

De pronto, y siguiendo más una costumbre que una verdadera necesidad, miro la hora. Las 4:30. “Impresionante”, pienso, dado que entré al club hace casi 5 horas y no me di ni cuenta. Me alegró saber que aún me quedaban varias horas de fiesta. Alegría que se desmoronó rápidamente, al darme cuenta que Fabric, a las 5 am, cierra sus puertas. La ley en este sentido parece ser igual que en Chile, y las puertas de los clubes cierran a las 5 porque ya no pueden vender alcohol.
Es un espectáculo ver como la multitud comienza a dirigirse hacia la salida. En un ejercicio de sociabilización apretujada, la gente sonríe e intenta las últimas jugadas para conocer a la chica o chico con quien gustarían compartir el resto de la noche. Por mucha atención que ponga, me es imposible oír algún rumor acerca de la posibilidad de un afterhour. Mejor. Pues en realidad me tengo que subir a un bus y volver a Alemania.






















