La entrevista a Francisco Allendes es de propiedad de la revista extravaganza, agradecemos la entrevista y la posibilidad de poder difundir por otros medios este tipo de informaciones.

Ex alumno del San Gaspar e ingeniero comercial de la Universidad Católica, su opción pudo haber sido la gerencia de una empresa tradicional o la conducción de alguna cadena de retail. Pero el amor por la música, desde pequeño, lo llevó a elegir el camino más complejo: hacerla en Chile. Francisco Allendes se debe a la escuela docta y a la constante búsqueda de respuestas. Se ha convertido en un cuenta cuentos que sabe entretener y que cree en el camino independiente. Con menos de treinta años, apostó por la electrónica, sabiendo que es y será su lenguaje.
Es una de las tardes más frías del invierno y Francisco Allendes no falla. Llega a la cita con su eterna sonrisa y ansias de compartir vivencias. El Drugstore de Providencia y un café bien caliente serían los mejores aliados en una charla que haría las veces de arqueo, de recuento de una carrera que ha tenido todo: suerte, sacrificio, talento y premios. “Por fin nos vemos. Mañana parto a Mendoza y me quedan ene cosas por hacer”, comenta. La agenda de Pancho es intensa y su paso por Chile no es para largo. “El próximo año parto de nuevo”, cuenta con ojos llenos de esperanza y muchas ganas de recibir reconocimiento internacional. Es que, en la electrónica, los logros no se miden de forma local. Para este santiaguino, que le debe más a la música clásica que a las máquinas, Europa ha sido su eterna seducción.
“Cuando era chico, vivía en un condominio con varias casas. En una de ellas, había una viejita con su hermana y su sobrino, Nelson. Y este tipo, que estaba bastante chalado, coleccionada discos y cómics. Yo pasaba horas ahí y él me regalaba historietas y cassettes de música clásica. Fue tan fuerte su influencia que quise estudiar violín. Tenía como ocho años y lo único que hacía era escuchar barroco todo el día. No fue fácil, era caro y complejo, pero me obsesioné. Hasta los 16, toqué en varias orquestas y grupos folclóricos. Fui a Argentina, estuve en Alemania, hice giras por Chile”, recapitula. Orgulloso, asegura que su escuela fue la ideal. Aprender un instrumento estuvo estrechamente ligado a la lectura de la música en sí. Teoría, armonía, composición, grupos de cámara, etc. Durante mucho tiempo, Francisco tuvo una formación así de estricta, fundamental en su posterior relación con la creatividad. “En segundo medio, yo era el más nerd. ¡Lejos! No había carreteado, no había tomado cerveza ni había dado un beso. Violín todo el día”, confiesa entre risotadas. “Pero me pasaban una partitura y la leía de una”, suelta casi como un humorista.

OPCIÓN CLÁSICA
“En el año 1993, me fui a trabajar a una tienda de cómics, mi otro gran hobbie. Eso fue trascendental, porque en ese lugar escuchaban mucho Pink Floyd y Frank Zappa. Junté plata y me compré un violín eléctrico. Precioso, azul, de cinco cuerdas; el mismo de Jean-Luc Ponty en el disco A Taste For Passion. Después, sumé pedaleras, efectos. Como estudié en la Escuela Moderna, me relacioné con personas ligadas a los instrumentos y la tecnología. Con toda esta gente nueva, terminé en el rock progresivo. Dejé de lado lo clásico. Tuve dos bandas, gané concursos y todo. Siempre fui muy mateo en esa área. Conseguí un teclado, un Korg, y me creía el cuento de lo sinfónico, pero rockero. Mentía, no sabía tanto tampoco”, admite.
Esa pesquisa de sonidos, esos constantes descubrimientos, ayudaron a Francisco a buscar ideas propias y a exigirse en el plano amateur. Aparecieron los conflictos entre producir con o sin compañía. “No todos eran rigurosos y yo era muy estricto. Siempre creí que debía haber una manera de seguir sin nadie más”. El computador le dio la respuesta: trabajar solo, en búsqueda de estructuras, formas y colores. Poco democráticos, por lo demás. “Descubrí el Cubase y el Reason, y no necesité ponerme de acuerdo con el resto”. Corría 1998 y su anhelo era generar un sistema para trabajar sin tantas opiniones. Paralelo a esto, se encontró con una antigua amiga, flautista, convertida en DJ. “Ella fue trascendental, porque me presentó a sus amigos y ellos ya estaban metidos en un mundo de perillas y de pasar música. Me gustaba la idea de presentarme solo”.

Es decir, llegaste a la electrónica por lo práctico. Pero ¿qué pasaba con tu afinidad musical?
En ese momento, no tuve tanta conexión. Lo que ella hacía era muy comercial. Pero, un par de años después, aparecí en una rave del Club Tantra. Mi hermano me llevó, era modelo y se movía en ese mundo. Nunca había estado en una fiesta electrónica y esa noche tocaba Nick Warren. Vi por primera vez a alguien mezclar sonoridades más interesantes, con mucha técnica, reminiscencias de teclados. Fue como “¡esto es lo que tengo que hacer!”
Esa noche tomaste la decisión…
Claro, fue radical. Quiero ser DJ y punto. Se guarda el violín, el teclado se vende. Y partió todo.
Por culpa de Nick Warren…
Y de mi hermano. Claro que ahora escucho a Warren y no me gusta. Él fue la puerta de entrada a un estilo, a una forma de hacer las cosas. Pero el culpable fue Nelson. Ese vecino loco, que grababa todo el día la radio Beethoven y me hacía cassettes de regalo. Lo mejor es que, años después, su tía murió y me encontré con él. Estaba en un asilo, sentado en una plaza, con una enfermera, mirando a cualquier parte. Se acordaba perfecto de mí. “Aquí estoy, me hago el loco, no gasto ni uno, me dan comida y me cuidan”, decía. Ése fue mi gurú. Sabía kilos de música. Tenía una colección enorme de vinilos. De hecho, fue al Si Se La Sabe Cante de Sábados Gigantes y ganó todo.
La electrónica, más que códigos, necesita de un cierto nivel de conocimiento técnico…
Me dediqué a investigar un montón. Deduje que, si era capaz de tocar un instrumento y manejar un software, podría llegar a algún beat electrónico. Leí mucho en internet, hay un buen sitio que se llama Vintage Synths, y me tomé como cuatro años en armar mi primera maqueta.

¿Te sentías cómodo al relacionarte con las máquinas?
Cuando estás en una banda, cada integrante tiene su propia experiencia en el tema. Todos van proponiendo, van sumando. Pero siempre me planteé la música como un método de experimentación para llegar a algo, así que nunca me incomodó hacerlo solo. El violín fue lo mismo. Durante un período, no estuve conforme con mi propio material. Mezclas una canción ajena en una fiesta, pero pones una tuya y guatea. Se escucha bajo, muy opaco. Obligado a sacarla de una. Eso nunca me desmotivó, porque desde niño he entendido los procesos musicales. En la electrónica, muchas veces el sonido estaba antes del concepto.
¿Te sentiste en el momento exacto, en el lugar correcto, cuando salió Vacas Locas, tu debut?
Fue una época importante. De partida, había menos regulación. Por alguna razón, las fiestas eran mejores; a las cinco, seguías un rato. Se hacían cosas en lugares más divertidos. Me acuerdo de las noches en Machasa, en el aeropuerto al lado de una pista de aterrizaje, en Pichilemu, en Bahía Inglesa. La gente se involucró bastante, pero se aburrió con el tiempo.
¿Y por qué se fue ese público?
Como yo lo veo, dentro de la escena, hubo una separación bien grande. En el 2002, cuando apareció International DeeJay Gigolo y el electro, el sonido cambió. Por un lado, estaba The Hacker, Vitalic y Tiga; por el otro, los puristas que no querían mayores transformaciones. La moda es muy influyente y el boom se debió a que todos querían probar las raves, eran algo nuevo. Una está buena, dos también y quizás diez. Pero más de lo mismo te cansa. Hubo un minuto en que los productores debieron haber apostado por algo diferente, aumentar la producción en términos de idea y soportes. Pudieron haberse pegado el salto y no lo hicieron. La gente vio todo y se cansó.
Pero eso crea un colador natural y se quedan los que deben estar…
Sí y no. Los que se quedan del lado de la electrónica, se quedan en la casa. Se agotan fácilmente. Yo mismo, a veces, no voy a algo porque creo que es lo de siempre. Los que son fieles, no son apóstoles. Creo que esta música, para que te guste y te prenda, tiene que cubrir necesidades básicas. Excelente sonido, un pincha discos hábil y con buen repertorio. La mayoría de lo que se ha ofrecido en los últimos años no tiene esto y el público no es tonto. Acá en Chile, hay personas que no siguen el movimiento, pero pasan por Berlín y van a todos los clubes. Es que el puro beat no se soporta, debe ser una experiencia y para eso se necesita de cierta infraestructura. ¿Por qué un local se cae después de algunos meses? Porque no se reinventa.
SOY ELECTRÓNICO
Francisco ganó en experiencia cuando partió a Nueva York y compartió con Paloma Muñoz (la mujer de Alexi Delano), viendo bandas y relacionándose con el ambiente. Sintió que podía lograr las cosas pronto y perdió el miedo. En enero de 1993, se concentró en su primer trabajo, Vacas Locas. Un disco que se hizo en cuatro meses y que, junto a Gabriel Vigliensoni, mostraba una cara cruda y oscura de la electrónica. La placa vendió 150 copias en su noche de estreno. “Me gustó la idea y edité un vinilo”, declara. Su obra cambiaba a pasos agigantados y su impronta se pulía con el correr de los meses. “A la gente le gustó lo ácido e industrial de ese álbum. A mí me aburrió rápido”, confiesa. Claro que aquel material ayudó a que su nombre se conociera fuera de Santiago, logrando varias fechas como dejota en lugares que antes no imaginaba. Ballantines lo premió como el mejor del año. “Me dio plancha, competía con gente muy buena. No me quedó otra que abrir el pack y regalarle botellas a todos”, reconoce entre risas.
Allendes cuenta su historia como la de un gran veterano, pero con la sencillez de pocos. Sus logros, éxitos, singles editados y horas de viaje por varios países los toma todavía como un proceso natural de crecimiento. España lo transforma en profesional y lo exige al máximo. “Conocí a Iñigo Oruezabal y me fui a vivir a Barcelona. Antes de eso, saqué un segundo disco que se llamó Edición Limitada De Bajo Presupuesto. Era el premio que había logrado con Ballantines, un CD-R que venía dentro de una bolsa y que resultó bien bueno. Los vendí todos y partí a Europa”, rememora. Trabajó mucho en Zaragoza y logró ver a insignes como James Holden, Richie Hawtin, Dave Clark y Gabriel Ananda. Avatares fuertes, que lo llevaron a crear Garlic, un sello que cobijó diferentes canciones que tuvieron un mediano impacto. También gestó, en tierras ibéricas, el proyecto Monomachine. Construyó un estudio propio (junto a Oruezabal y otro socio) y lanzó elepés sin parar, hasta llegar al Love Parade de Alemania. “El sonido fue directamente techno y me llevó a tocar por varios lados en Europa”, explica.

Los bruscos movimientos del negocio, sumados a los trámites ordinarios que aquejan a todo latino en el Viejo Continente, lo traen de regreso a nuestro país y lo obligan a seguir produciendo. “Hacer sólo música digital implica no meter ni un peso para tener un disco dando vueltas. Por un lado, está bien; por otro, es menos comprometido y ves que muchos netlabels son pura basura. Todavía significa algo el formato físico. Pero, si cuentas con las pelotas para invertir dos mil euros en un proyecto, es porque crees, porque te atreves. Es igual que en las revistas, hay que seguir publicando”, sentencia. Vuelve a su café y medita lo dicho, como sabiendo que en más de alguien provocará repercusiones. Optó por Chile y decidió fundar un sello acá, Andes Music. “Siento que di un giro en ver cómo y dónde enfocar mi carrera. Yo quiero alcanzar éxito internacional. Poner un CD en las tiendas es increíble, pero no me ayuda a viajar ni a ser conocido en el mercado extranjero. Si firmas en una etiqueta como Cadenza, acá te van a notar igual”.

En algunas horas, parte a Mendoza, con una agenda llena de actividades. Su labor como pasadiscos la equilibra muy bien con la grabación de material propio. “Creo que a la música electrónica hay que humanizarla. La gente se puede aburrir de ella, es muy cuadrada. El lenguaje de las máquinas ya dejó de ser futurista. Necesita del ritmo visceral, del sabor latino”, afirma. “Estas búsquedas y sus respuestas salen de muchas conversaciones. De qué deseamos y qué ofrecer. Debe ser complejo querer hacer algo y no lograrlo. Yo, en este momento, siento tener la capacidad de llevarlo a cabo. El tema es metodología y trabajo. No es fácil, pero se puede”, asegura confiado, frotándose las manos. Está tranquilo, viene de un viaje por Japón, Holanda, Italia, Alemania, Rusia y España. Allendes, sabe de marketing y números. Los estudió en la universidad y el devenir se los exige. “El 2010 me instalaré en Europa. Es que, en este campo, hay un tiempo de vencimiento. La vida del DJ es como la del futbolista: después de diez años, quedas obsoleto”.
Por Fernando Mujica
Fotografía * Nacho Rojas
produccion de moda * valentina rios
retoque digital * paz rubilar
http://www.horizonte.cl/2009/08/13/concursante-2-francisco-allendes/
También pueden descargar la sesión si quieren para llevarla con ustedes siempre


































































































































































































